1979
Travesía al desierto de Atacama
Desierto de Atacama, Chile
“Dejamos el cielo de Antofagasta, hacia otro cielo más grave, sin la majestuosa gestión de las nubes y los cuerpos urbanos de la costa. Fuimos hacia el cielo directo del desierto de Atacama, a lo más seco, bajo el trópico de capricornio. Penetramos en la pampa, hacia la severa mudez de un cielo sin volutas, sin orillas, sin luces, un cielo único, sin cuadrantes, duro, inflexible en su decoloración, despojado de referencias o puntos o partículas. Entramos a 60 Km. Al interior de Baquedano, donde la luz aborda lo igual – desertamos-. Durante el día (al atardecer florece la extensión en luces). Que no deja fijar como es, el cielo bajo la forma de un vasto volumen hemisférico, se apoya sobre la línea del horizonte. Esta pesante masa de luz fluorescente, que se alza desde la tierra, acentúa el predominio del cielo como tal, no como atmósfera. De nuestro equipaje aparecieron una libélula y una mosca, que volaron hacia la luz, luego no vimos nada animado. El paso evacuador del viento se anuncia pasado el mediodía como masa hirviente que comienza a moverse y hacia las dos de la tarde hay que buscar refugio y esperar. El contraste con el silencio sólido de la noche, el viento ruge después del cenit solar, puliendo al ras, repasando el apoyo inmaculado de la piedra sobre la tierra, La bola ciega del sol, en esta latitud, trae esta tardía estela. Días más tarde dejé el campamento para dormir en un hueco a sotavento, entre la roca y la tierra. Sumergido en ese hueco intacto y amoldado a esa turbina virtual, no encontré ningún habitante que desalojar: ni araña ni lagartija. Despertaba al amanecer a esa hora sinfónica donde la claridad relaciona el apagarse de los cuerpos cósmicos y el emerger del día en la tierra” Cap.30 “Ensamble del cuerpo arquitectónico” M. Casanueva
Geoda de la Obra
En el desierto poblado y despoblado de Caldera conviven ambos estados del alma. En estos suprematismos (en el sentido de Malevitch) habitó el franciscano Crisógoro Sierra y Peralta, conocido como el “padre negro” (hoy día una leyenda en la región) quien por esa vacuidad entre el estro vertical del hombre y la extensión a sobreluz llega a una alucinación profética. El signo hombre-espacio de este desierto nos conduce a la cima del cerro Montevideo, 10 Km. Al noreste de caldera, a instalar un debate, aquel de lo finito y el infinito, donde una vez más emerge un lugar en América.
Orden arquitectónico
Decimos que el acto fundamental de la ciudad de hoy es el ESTAR YENDO (Achupallas 1953. Alberto Cruz). Estar-yendo es una instancia en la que predomina el circular, constituyéndose en un estar en movimiento. Al consultar la ciudad antigua vemos que ella, en cuanto a punto firme, sólo es concebible dentro como amurallamiento; una fijación que dice predominantemente del estar. De este modo, dentro de ella, ha de haberse producido lo inverso. EL IR ESTANDO. El estar yendo es en consecuencia atribuible al extenderse ilimitado de la ciudad contemporánea que se elonga en auto-pistas. Entre los elementos-pista que aquí interesan existen ciertas conformaciones del ir que adquieren un régimen necesariamente medido. Son estos las escaleras que irrumpen en la arquitectura con la abertura extensa del Barroco, la que produce una equivalencia entre el ir y el estar. El requerimiento barroco de involucrar pista y estancia unificando grosores hace de pivote entre lo antiguo (ir-estando) y lo contemporáneo (estar- yendo). Se va por una escalera regladamente hacia arriba e igual pero asimétricamente hacia abajo: subir ≠ bajar. Existe en esto analogías con la música, pero parece más interesante su connotación numérica, que cualquier modelo análogo. Una escalera adquiere regla en el número al participar su longitud = 1/1, y sus partes: 1/2, 1/3, 1/4, 1/5 ….1/n = 1/∞ En estas particiones se hacen progresiones al ir hacia arriba e inversas al ir hacia abajo, estas no deben alterar el requisito antropométrico de un peldaño, pero ciertamente lo trascienden. Cuando la serie tiende a coincidir con ello salta a la serie manual (serie pasamanos) o a la visual (serie óptica). Se busca, en aquel ensimismamiento de infinitud, en el ir subiendo o ir bajando, un lugar geométrico entre el ir-estando y el estar-yendo distinto a la concepción barroca de equivalencia. A diferencia de las escaleras de Miguel Ángel Llaurenciana, Campidoglio) que van de estancia a otra, se concibe una serie de 11 escaleras, cada una de ellas tendientes al ∞ pero que no van de una parte a otra sino que se dirigen a sí mismas. De la serie longitudinal se accede a la transversal y de esta a la diagonal indistintamente. Del traspaso de series, todas ellas igual a ∞/∞ = 1 * de donde se obtiene otra equivalencia de pista-estancia. Se trata una vez más de la metafísica del emerger en América, ahora bajo el signo místico del hombre desierto.