“Dejamos el cielo de Antofagasta, hacia otro cielo más grave, sin la majestuosa gestión de las nubes y los cuerpos urbanos de la costa. Fuimos hacia el cielo directo del desierto de Atacama, a lo más seco, bajo el trópico de capricornio.
Penetramos en la pampa, hacia la severa mudez de un cielo sin volutas, sin orillas, sin luces, un cielo único, sin cuadrantes, duro, inflexible en su decoloración, despojado de referencias o puntos o partículas.
Entramos a 60 Km. Al interior de Baquedano, donde la luz aborda lo igual – desertamos-.
Durante el día (al atardecer florece la extensión en luces). Que no deja fijar como es, el cielo bajo la forma de un vasto volumen hemisférico, se apoya sobre la línea del horizonte.
Esta pesante masa de luz fluorescente, que se alza desde la tierra, acentúa el predominio del cielo como tal, no como atmósfera.
De nuestro equipaje aparecieron una libélula y una mosca, que volaron hacia la luz, luego no vimos nada animado. El paso evacuador del viento se anuncia pasado el mediodía como masa hirviente que comienza a moverse y hacia las dos de la tarde hay que buscar refugio y esperar. El contraste con el silencio sólido de la noche, el viento ruge después del cenit solar, puliendo al ras, repasando el apoyo inmaculado de la piedra sobre la tierra, La bola ciega del sol, en esta latitud, trae esta tardía estela. Días más tarde dejé el campamento para dormir en un hueco a sotavento, entre la roca y la tierra. Sumergido en ese hueco intacto y amoldado a esa turbina virtual, no encontré ningún habitante que desalojar: ni araña ni lagartija. Despertaba al amanecer a esa hora sinfónica donde la claridad relaciona el apagarse de los cuerpos cósmicos y el emerger del día en la tierra” Cap.30 “Ensamble del cuerpo arquitectónico” M. Casanueva